sábado, 14 de abril de 2018

CUENTO Nº 26. EL ATREVIDO


EL ATREVIDO
 
El atrevido, en realidad, era un niño que se llamaba Carlos, aunque todos lo llamaban de esa manera. Sus padres, incluso, estaban muy orgullosos de su hijo, porque cuando había algún animal extraño como un escarabajo, alguna cucaracha, una lagartija o algo parecido, que a sus hermanas les daba mucho miedo, acudía Carlos y, sin contemplación, rápidamente los mataba.
Cuando estaba en la calle con sus amigos, que ya sabían cómo solía reaccionar Carlos, le proponían todo tipo de atrevimientos. Inmediatamente, Carlos, sin que pasara más que un breve instante, los llevaba a cabo, sin dudarlo ni un momento.
Una vez iban por la calle varios hombres mayores con sus garrotas y sus gorras y sus amigos le dijeron a Carlos:
-¡Eh, Carlos! ¿A que no te atreves a quitarle la gorra al hombre que va el último?
-¿Cómo que no? Mirad cómo lo hago.
Carlos, entonces, con decisión, se la quitó y la tiró al suelo, aunque a cambio recibió un par de palos.
Otro día, o mejor dicho, otra noche, sus amigos le dijeron que si era capaz de ir al bosque andando y luego volver, también de forma tranquila.
-Claro que sí –respondió Carlos.
Y, efectivamente, Carlos así lo hizo.
Pasó algún tiempo y la vida continuó con normalidad. También Carlos seguía haciendo, de vez en cuando, algún que otro atrevimiento o barbaridad similar a las que ya hemos señalado. Pero en una ocasión ocurrió que, al llegar un circo al pueblo, uno de los camiones, al pasar por un bache de la carretera, dejó caer una jaula que llevaba animales salvajes. Como consecuencia, una fiera se escapó. Ésta, que empezó a ir de un lado a otro sin rumbo fijo, se escondió cerca de la casa de Carlos.
Carlos, que no sabía nada de lo ocurrido, salió de su casa como siempre, es decir, dispuesto a no echar cuentas a nada ni a nadie. Muy pronto, la fiera, que vio a Carlos, se dirigió rápidamente hacia él. Carlos, al darse cuenta de lo que tenía delante, salió corriendo. Pero quiso la casualidad que tropezara con una rama suelta, por lo que cayó al suelo. Cuando intentó levantarse, el animal ya estaba encima. Carlos, aterrorizado y con la cara tan blanca como la leche, no fue capaz ni de mover un dedo.
        Por suerte para él, uno de los encargados del circo, que estaba siguiendo a la fiera, le disparó dos flechas, dado el gran volumen del animal, con lo que consiguió adormecerlo.
Desde ese día Carlos reconoció que no era tan atrevido como él quería aparentar. También sus padres cambiaron de actitud, pues desde ese día ya no consintieron que Carlos matara impunemente a los animalitos que merodeaban por la casa.

FIN

 

domingo, 1 de abril de 2018

CUENTO Nº 25. EL CAZADOR DE LA MONTAÑA



EL CAZADOR DE LA MONTAÑA

Érase una vez un hombre al que le llamaban Cazador Valiente. El nombre era debido a la enorme cantidad de trofeos que colgaban de las paredes de su casa. Entre ellos figuraban muchas cabezas de tigres, leones, jirafas, etc. Aseguraba Cazador Valiente que él las había cazado en las montañas de diferentes lugares muy lejanos.
 

Pero lo que no sabía nadie es que no todas estas piezas eran verdaderas. Eran copias, falsificaciones hechas con gran precisión, por lo que parecían totalmente auténticas. En realidad, Cazador Valiente no era nada más y nada menos que un cazador muy cobarde. Tan cobarde, tan cobarde, que no se lo quería decir a nadie.

Un día salió de caza con su perro y todo el mundo pensaba que tiritaba de frío, cuando la verdad es que estaba tiritando de miedo. Después de un rato andando, su perro, Boby, salió corriendo al ver unos arbustos que se movían. Sabía que por allí habría algún animal. Cazador Valiente trató de llamarlo, pero no pudo hablar, debido al temblequeo que tenía encima. No obstante, siguió adelante y al ver los ojos de una lechuza que lo miraba fijamente, se escondió donde buenamente pudo.

Pasado un buen rato, algo más tranquilo, prosiguió la marcha, y en un momento determinado vio un matorral que andaba. Comprendió que, inevitablemente, se tenía que enfrentar a lo que allí hubiera. Pero cuando estaba apuntando, eso sí casi muerto de miedo, vio que era la cola de Boby que asomaba. Se alegró tanto de lo ocurrido, que decidió volver a su casa y abandonar el oficio de cazador.
 

 
Cuando llegó a la casa, lo primero que hizo fue tirar todos los falsos trofeos que parecían verdaderos. Desde entonces vive feliz y contento en compañía de su querido perro Boby.

FIN

domingo, 18 de marzo de 2018

CUENTO Nº 24. EL JOVEN TRISTE



 
EL JOVEN TRISTE

En una casa muy pobre y humilde, algo apartada del pueblo, vivía una familia que tenía un hijo que siempre estaba triste. Sus padres no entendían por qué todos los niños estaban alegres y felices y, sin embargo, su hijo siempre estaba triste. Los padres, preocupados, lo llevaron a un médico el cual les aseguró que no se trataba de ninguna enfermedad, por lo que podían estar tranquilos.

Un día, el joven salió para dar un paseo por el bosque. Cuando se hallaba en medio de los árboles, sintió un ruido extraño. Y aunque él niño era triste, también era curioso, así que fue a ver a qué se debía el inesperado ruido. Enseguida comprobó que eran dos ardillas: una alegre y otra triste como él.

La ardilla alegre le estaba explicando a la ardilla triste lo bonita que era la vida y la conveniencia de tener siempre una sonrisa en los labios. Así se sentiría mucho mejor. En ese momento, sin saber muy bien por qué, a la ardilla triste le salió una agradable sonrisa, que después se trasformó en una risa cada vez más fuerte.

El joven triste enseguida comprendió que era mejor para él que fuese feliz, porque así, además de tener más amigos, sus padres iban a estar mucho más contentos.

El joven intentó entonces reír una y otra vez, pero sus labios desafortunadamente no reaccionaban. En esta situación, el joven decidió continuar con el paseo. Y cuando llevaba un rato andando, oyó cómo una rana le decía a otra que se alegrara por estar viva en un día tan soleado y tan agradable.

-En esta vida, amiga mía, es conveniente estar alegre y contenta de vez en cuando.

El joven se percató de que por todos lados se decía lo mismo, así que forzó un poco la posición de sus labios y, pronto empezó a notar que éstos se separaban. En ese momento apareció lo que se podía considerar como el principio de una sonrisa. Inmediatamente el joven comenzó a dar saltos de alegría. Saltando y corriendo se fue para su casa. Sus padres, al verlo tan contento, se fueron a abrazarlo. Y lo mismo que ellos, todos los animales de la casa se mostraban muy felices a su alrededor.
 

En adelante, cuando el joven veía algún animal triste, se acercaba a él para convencerlo de que tratase de ser feliz:

-Tienes que estar contento siempre, por el inmenso regalo de la vida.

 Tal vez no fuera verdad esto último, pero así, al menos, lo contaban en el pueblo los allegados al joven.

 

FIN

miércoles, 28 de febrero de 2018

CUENTO Nº 23. LOS AMIGOS DEL MUÑECO


LOS AMIGOS DEL MUÑECO
 
 
Érase una vez un anciano de avanzada edad que, como suele ocurrir con casi todos los ancianos, ya no trabajaba fuera de su casa. Durante muchos años de su vida esta persona se había dedicado a hacer muñecos de madera.  Un día estaba tomando el fresquito en su puerta y pasó un niño, que tenía un aspecto algo desaliñado. El anciano, al verlo, cogió un muñeco y se lo dio. Al tenerlo en sus manos, éste se puso muy contento y saltaba de alegría. El muñeco, según dijeron todos después, era feo y muy gracioso.


El niño vivía un barrio lejano y poco cuidado: además de casas con goteras, había otras medio abandonadas y algunas, casi derruidas. No obstante, el niño se conformaba con su casa y su muñeco, que era feo y gracioso.
Durante mucho tiempo, para que todos lo vieran y porque él así lo quería, fue por todo el barrio con su muñeco. Todos los niños salían a la calle cuando lo veían pasar y, en repetidas ocasiones, les dijo que fueran a ver al anciano, para que también les diera otro muñeco.          
Un día los niños del barrio se pusieron de acuerdo y se dirigieron a la casa donde, para asombro y desencanto de todos, comprobaron que allí no había nadie. Se quedaron boquiabiertos, incrédulos, perplejos y también indecisos. Pasado un rato y no encontrar a nadie, aunque contrariados e indiferentes a las afirmaciones de su vecino, optaron por retirarse a sus casas, sin darle más importancia a lo que habían visto y oído.
Pasaron muchos años y el niño con su muñeco, que nunca había dejado de vivir en el barrio, se hizo viejo y cayó enfermo. Al poco tiempo, ya no podía salir de su casa para que todos vieran el muñeco. Los vecinos, extrañados al no verlo con su muñeco feo y gracioso, decidieron un día acercarse a la casa del anciano del barrio.
Llegaron cuando ya empezaba a anochecer. Llamaron a la puerta, pero allí no contestaba nadie. Insistieron varias veces, aunque sin éxito. Cansados de llamar, al ver que la puerta estaba entreabierta, empujaron con mucho cuidado y entraron. En ese momento, todos los presentes, nerviosos y sin saber muy bien qué hacer, lo miraban todo con sorpresa y detenimiento.
Enseguida se dieron cuenta que había mucho polvo y un montón telarañas, pero cuando llevaban un rato, al fondo de la estancia, vieron un cartel que decía así: “Podéis coger lo que queráis, pero sin romper nada”.
 
A partir de entonces, todos los que quisieron, tuvieron su muñeco preferido. Eso sí, todos eran feos y graciosos.


FIN


domingo, 4 de febrero de 2018

CUENTO Nº 22. EL CIERVO IMPRUDENTE


EL CIERVO IMPRUDENTE

En un viejo bosque vivía un ciervo muy malo e imprudente que, además de ser muy ladrón, no daba nunca nada ni tampoco decía nada bueno a sus compañeros.
 

 
Un día había unos pequeños castores con palos para reparar un boquete de la presa que hacía algún tiempo habían construido en una parte del río y, con algo de miedo, le dijeron al ciervo:

-Señor ciervo, ¿nos puede echar una mano?

-No –dijo el ciervo- vosotros sois muy fuertes y mirad qué débil estoy yo.

Al acabar estas palabras, se marchó rápidamente hacia un descampado que había cerca. Y estando en él, se acercó un conejo que había arrancado unas cuantas zanahorias de un huerto próximo. Como al conejo le costaba trabajo llevarse todas las zanahorias que había cogido, también le pidió ayuda al ciervo; pero éste ni siquiera le echó cuentas y, casi sin mirarlo, se alejó hacia otro lugar donde nadie lo molestara.

El conejo, malhumorado y con mucha rabia contenida, llamó a todos los animales del bosque para darle una lección al ciervo. Reunidos todos, y con el conejo presidiendo la asamblea, éste expuso las quejas que creyó convenientes para que el grupo tomara cartas en el asunto y, de una vez por todas, el ciervo cambiara de comportamiento. Todos intervinieron y al final llegaron a un acuerdo: no le hablarían al ciervo hasta que no cambiara de actitud.

Pasó algún tiempo y todo transcurría normalmente hasta que un día el ciervo vio cómo algunos animalillos cogían una gran cantidad de frutos de los árboles. En ese momento el ciervo pensó que si los animalillos se interesaban por los frutos es que éstos serían exquisitos. Así que se fue hacia ellos, les quitó varias bolsas y salió corriendo. Los animalitos, cuando se dieron cuenta de lo que había hecho el ciervo, empezaron a gritarle para advertirle de que las frutas eran dañinas.

Pero el ciervo no les hizo ningún caso, comió con mucha ansiedad y todo lo rápidamente que pudo hasta acabar repleto. Entre tanta ansiedad y tanta rapidez, al momento, empezó a dolerle el estómago. Y le dolía de tal forma, que tuvo que comenzar a dar voces, para que todos los animales del bosque lo oyeran.  Algunos de ellos, a los que les dio más pena, acudieron a casa del ciervo para ver como estaba y, en la medida de sus posibilidades, curarlo.


Pasaron unos días y, cuando el ciervo ya estaba sanado, les dijo a todos:

-Gracias, amigos míos, y perdonadme, porque he sido muy malo con vosotros.

Y, desde ese día, el ciervo hace todo lo posible por ayudar a sus amigos. Además de procurar ser amable y simpático con todo el que se encuentra.

 

FIN

 

 

sábado, 27 de enero de 2018

CUENTO Nº 21. EL FANTASMA GOSTI


 
EL FANTASMA GOSTI

Érase una vez un fantasma grande y destartalado llamado Gosti, que vivía en uno de los castillos más famosos de Auringis. Gosti, además de hacer como todos los fantasmas, es decir, vivir de noche, vestir de blanco, arrastrar cadenas y atravesar las paredes, desempeñaba otras ocupaciones no menos importantes. Por eso, una noche, Gosti tomó la decisión de visitar a todos los niños del reino que tenían por costumbre hacer rabona en la escuela.

-Es intolerable que un niño falte a clase, si no hay una buena causa que lo justifique -afirmaba Gosti, con toda la seriedad de la que él era capaz.

-Es que como las Matemáticas son tan difíciles, pues es mejor faltar que... -trataban de justificarse aquellos que abandonaban la más importante obligación de todo niño, como es la de asistir diariamente a la escuela.


-Ni Matemáticas ni Lengua ni Geografía ni Historia ni cosa que se le parezca... –insistía Gosti, y añadía-: A clase hay que asistir siempre. Y, además, con puntualidad.

Pero no acababa la labor de Gosti ahí. También por las noches solía presentarse en las casas de aquellos niños que durante el día no habían sido respetuosos con las personas mayores. Igualmente, se presentaba a quienes insultaban a sus compañeros, a quienes decían mentiras, a quienes ponían zancadillas a sus compañeros en el recreo...

Pero ocurrió que una noche un niño le dijo:

 -Oye, Gosti, ¿no te da vergüenza meterte sólo con los niños? Con lo grande y poderoso que eres, ¿por qué no te metes con los que roban a los pobres, con los que queman los bosques, con los que ensucian el cielo y los ríos, con los que matan por dinero?...

Gosti no podía creerlo. No entendía cómo un niño como Manolito, todavía pequeño, podía hablar de cosas tan profundas. Entonces Gosti se puso serio, se destosió ligeramente, recogió sus cadenas, se acomodó la enorme sábana blanca con la que se cubría y se dirigió a Manolito:

-Hijo, dentro del mundo de los fantasmas, como en la vida real, cada uno tiene su especialidad. A mí me ha tocado educar a los niños, y eso es lo que hago. También te digo, Manolito –prosiguió Gosti-, que los fantasmas solo podemos actuar con personas que tengan fe en ellos mismos, y crean que es mejor hacer el bien que el mal.

Has de saber, Manolito, que cuando se pierde el respeto a los demás y el deseo de hacer el bien, ni los fantasmas ni nadie pueden hacer nada. Ah, y no olvides que, en mi tiempo libre, hago horas extras colaborando con la Caravana de los Reyes Magos, indicándoles quiénes son los niños buenos, para que no se olviden de premiarlos.

-Gosti, yo creo que tú eres un buen fantasma, sí, un buen fantasma, aunque aparentes lo contrario -respondió Manolito, mientras sonreía de buena gana.

FIN

domingo, 14 de enero de 2018

CUENTO Nº 20. LA FE DE UNA MADRE



LA FE DE UNA MADRE

Érase una vez una mujer joven y guapa la cual tenía el niño más hermoso, rubio y bueno que nadie pudiera imaginarse. Era la persona más feliz del mundo, porque el niño, ajeno a todo, aunque siempre deseoso de caricias, crecía sano y redondo como una bolita de manteca. Naturalmente, el niño, al ser tan pequeño, no hablaba, pero hacía gestos y emitía sonidos que podrían ser las respuestas más bonitas que nadie haya oído jamás.
-Buenos días, hijo mío, rey de mi casa, espejillo mío, sangre de mis entrañas... -le decía la madre todas las mañanas en cuanto lo veía despertar.
El niño, entonces, sonreía, entornaba los ojos, se desperezaba, sacudía las piernas, emitía algunos sonidos ininteligibles y extendía los brazos hacia su madre. Una vez en brazos, la madre continuaba su rosario de piropos, a cual más hermoso:
-Hijo de mi corazón, entrañas mías, luz de mis ojos, sangre de mi sangre...
Y así un día y otro día, no solamente por las mañanas, sino siempre que había ocasión. Otras veces, la madre soñaba en voz alta:
“Mi niño irá a la escuela infantil y será el más guapo de todos; luego, en primaria, será el primero de la clase; después, irá al instituto y allí aventajará a todos; más tarde irá a la Universidad y será el alumno predilecto de sus profesores; cuando termine de estudiar, será médico y trabajará en los mejores hospitales del país...”
Para esta madre, ni las molestias del embarazo, ni los dolores del parto, ni la escasez de alimentos, ni la pérdida de libertad, ni la renuncia a salir con las amigas, ni nada importaba, en comparación con la inmensa felicidad que le proporcionaba su hijo.
Pero, sin saber por qué, un buen día, el niño amaneció enfermo. Al siguiente, estaba peor; y, según pasaban las horas, peor aún. Ningún remedio, ningún médico fue capaz de devolverle la salud al niño más rubio, más hermoso y más bueno de todos.
La madre, día y noche junto a la cuna de su hijo, con los ojos siempre bañados en lágrimas, pedía constantemente, a quien quisiera escucharla, que su niño se curara:
“Devolvedle la salud. Llevadme a mí, si queréis, pero salvad a mi hijo”.
Y así, durante unos días, en los que el niño no mejoraba. Finalmente, la madre, ya abatida, mirando al cielo y rogando ahora a todos los dioses protectores, imploró:
“Salvad a mi hijo, aunque no sea el más guapo de todos; curad a mi hijo, aunque no sea el primero de la clase; devolvedle la salud, aunque no sea el más aventajado de la Universidad; conservadle la vida, aunque nadie lo mime; permitidle que siga viviendo, trabaje donde trabaje...”
Sin saber muy bien por qué, poco después, una mañana, cuando parecía que no había remedio, el niño se despertó. Estaba muy débil y demacrado y apenas tenía fuerzas para abrir los ojos. Intentó extender los brazos, pero le era imposible. La madre, entonces, acercó la cara, lo apretó levemente, le tomó las manitas y le susurró al oído:
-Hijo de mi vida, por lo que más quieras, no me dejes sola.
En ese momento, el niño, que aún no hablaba, entreabrió la boca y, con mucha dificultad, pudo decir:
-m..., ma..., mam... ¡mamá!, ¡mamá!

FIN

CUENTO Nº 36. DOS PUEBLOS ENEMISTADOS Y SE ACABARON LOS CUENTOS. AHORA, SOLO POEMAS

DOS PUEBLOS ENEMISTADOS Érase una vez una vez un pueblo pequeño de nombre Burginia, el cual estaba situado a muy poca distancia de o...